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>>ENCUENTRO POST VITAM CON JULIO CORTAZAR, de Gregorio Manzur

Paris, febrero de 2014

RECORDANDO A JULIO CORTÁZAR

Conocí a Julio en la Unesco, durante una Asamblea General. Le comenté mi lectura de alguno de sus textos. Sonrió, aprobando la gentileza. Volvimos a vernos varias veces, en el jardín japonés, durante las pausas o después del almuerzo. Me atreví a decirle que escribía algunos relatos, y le pedí si podía leer uno de ellos, cortito, y darme su opinión. Aceptó y le mostré « Florencio, el vaca ». Ambiente de café pueblerino, de matadero y vainas de tres cuchillos.
Lo leyó, me lo comentó de tal forma que salí derecho a escribir otros. Así, cada año, el diálogo se afinaba y mi lectura de sus obras se enriquecía.
Supe que pasaba parte de sus vacaciones en Saignon, un pueblecito del Luberón. Traté de seguir, de lejos, sus intervenciones en coloquios, en Francia, en América Latina, en España… Leí, como todo el mundo « Rayuela », y sobre todo sus historias cortas, que me sorprendían y me encantaban.

Radio Manzur en français. Une émission de France Culture


Así fueron pasando los años y un día Julio, el amigo, murió. Sentí como un escalofrío venido de raíces muy ocultas, entreverado con dolor y nostalgia. Vi desfilar aquellos encuentros en la Unesco, en algún café parisino, luego de alguna conferencia suya. Pero ya era tarde. Su voz, su corpulencia, unida a su tremenda gentileza, ya no la vería más, ya no estrecharía mas su amplia mano.
Fui al entierro, en Montparnasse. Desde lejos vi la ceremonia. Tenía como miedo de que su muerte fuera verdad. Dejé salir el gentío y quise quedarme un ratito con él. El último, quizás.
Desfilaron las semanas, los meses, los años. Buscando alternar París con tierra y árboles, compré un ranchito en Saignon. Una vez instalado, un vecino constructor de muros en « piedra seca » me comentó que otro Argentino, llamado Julio Cortazar, había vivido allí. Me mostró la casa, estaba intacta.
Viendo mi emoción, me regaló el gabán de Julio, varios libros suyos, algunos con apuntes al margen, y la mesita plegadiza donde escribía, a la sombra de una acacia, frente a los cerros del Luberón.
De regreso a París, releía « Las armas secretas » y sentí que algo caía de la biblioteca. Me acerqué y vi que era un foto de Julio. La levanté y nos miramos.
« Julio, hermano, le dije, yo sabía que no te habías ido. Y si nos tomamos un par de amargos como a vos te gustan ? »
Volví al cementerio, no hallé su tumba y sabiendo que algún día yo andaría también por ahí, soñando bajo una piedra, decidí dejarle un saludito. Lo titulé :
« Encuentro post vitam con Julio Cortázar ».

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ENCUENTRO POST VITAM CON JULIO CORTAZAR

Gregorio Manzur

La última vez que hablé con Julio Cortázar fue un sábado, día de Saturno. Nunca habíamos sido amigos íntimos, pero solíamos cruzarnos en los corredores del Centro de Investigaciones Conceptuales, donde me dijo un día que el "circo" acababa de empezar. Refiriéndose a la Asamblea General anual. Julio traducía textos del etrusco al quechua y ganaba suficiente dinero como para "aguantar" un año. ¿Cuántas de sus novelas no deberían su existencia a aquellas tardes grises encerrado entre muros grisáceos, traduciendo discursos plomizos ? Lo cierto es que Cortázar murió, y que yo subí hasta París para asistir a su entierro. Aquí, donde me hallo en estos momentos. Aquel día me alejé discretamente al ver venir el cortejo. Se hallaban varias personalidades importantes. El cajón fue bajado de la limosina y Julio entró en la tierra. Se arrojaron flores, vi rostros de amigos, así, sin alzar los ojos. Era un día soleado y el aire remecía las cabelleras de los cipreses - estos mismos cipreses que ahora cobijan el viento entre sus ramas. La gente se fue marchando, uno tras otro, silenciosamente. Algunos meses más tarde volví al cementerio, buscando infructuosamente la ubicación de la tumba. Mis visitas al cementerio se fueron convirtiendo entonces, en lo que me atrevería a llamar "la estéril búsqueda de la sepultura de Julio Cortázar". Y me alegró que así fuese. De este modo podía imaginarla en todas partes y al mismo tiempo en ninguna. Confieso que en varias ocasiones, molesto con mi demagogia, pensé en ir a ver al guardián y acabar de una vez por todas, con estas "escondidas". Pero no pude. Después de todo se trataba de un asunto entre nosotros dos y no había por qué introducir extraños. Es verdad, Julio me volvió la cara. Mejor dicho, se escabulló. Hasta hoy. Sí, porque esta tarde nos vimos. Y me dije que si había consentido, por fin, en otorgarme una entrevista, era porque necesitaba pedirme algo : que reclamara la publicación de algún artículo suyo en alguna revista, que verificara si quedaban erratas en tal o cual de sus novelas, que diera el último toque a un cuento que no alcanzó a terminar... ¡Ridículo ! ¿Cómo podía yo, que en mi vida había escrito ficciones, ponerle el punto final a una narración del autor de "Las armas secretas". Y sin embargo : "¿Necesitás algo, Julio ?", le pregunté. 

- Nada. No necesito nada - me respondió.

 Me sentí frustrado. Me hubiera gustado tanto serle útil en algo. Pero ahora que recuerdo, en uno de sus relatos él habla de un hombre que se transforma en un pez encerrado en un acuario. Un axolote, creo, al que observaba desde hacía algún tiempo. Y el hombre, una vez metamorfoseado en animal, se siente bien, muy feliz. Al menos así me pareció a mí. Y esto significaba que para Julio la calidad de ser humano no representaba la etapa culminante del desarrollo de las especies. De su propia existencia, al menos. Visto así, el hecho de que hubiera muerto, de que yo hubiese asistido al descenso de su féretro bajo tierra, no debía revestir para él una importancia capital.


Y en el momento mismo de morir (coraje no me falta para postular semejante hipótesis), se transformó tal vez en alguien totalmente diferente, en un pájaro, una nube, un sudamericano que sueña con escribir "La Pasión según Sintierra", o "El Descubrimiento y la Indianización de Europa".

 Si él decidió ser ese nuevo escritor, dentro de algunos años alguien exclamará : "¡Cómo se parece en el estilo a Julio Cortázar !" Pero nada de esto aprobó Julio esta tarde. Me miró como diciendo :
- ¿Y a vos qué te pasa ?




Radio Manzur en español


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Gregorio Manzur avec Pablo Nemirovsky et Matias Reck

Preferí no decirle que me daba pena no verlo más en los corredores del Centro, ni escucharlo discutir con los filólogos, ni defender, con argumentos inapelables, la supremacía del vacío sobre lo sensible, de la ausencia sobre la inmanencia. No, me tuve que sentar en un banquito verde, insólitamente instalado entre las fosas y guardar silencio. En una actitud prudente. Evitar el monólogo en voz alta, no llamar la atención del guardián y los visitantes legítimos, que enseguida te ven como un loco más en medio de la multitud de chiflados que pueblan la Ciudad Luz. Pero no pude evitarlo y me puse a entonar (bajito) un gotán :



Arrabal amargo

metido en mi sangre
...



- Yo sé, Julio, que eras mateador de los buenos y que el tango "Arrabal amargo" te gustaba, así como aquella otra historia, la del pibe mirando a los grandes jugar a las cartas, "la ñata contra el vidrio..."
- Sí, siempre me gustaron esos versos de Discépolo. El café, en ese tango, es la "escuela de todas las cosas", como él la llamaba. Y el pibe era quizás el propio poeta. Uno aspira al mundo de los adultos como a una promesa de felicidad..." - me confió Julio, sin que nadie en el cementerio, salvo yo, lo escuchara. 
- "Cafetín de Buenos Aires" es muy evocador, es verdad - agregó -. Pero mi tango preferido y que nunca termina de desconcertarme, es aquella tragedia portuaria que se baraja entre las sombras, bajo la luz mortecina de un farol, sin que a nadie le preocupe la sangre que rueda por el pavimento... 

- ¿Cuál es, Julio ? decime, ¿por qué no lo cantás ? Vamos, nunca te escuché cantar. 

- ¡Estás loco !, no tengo voz... 

- ¿Y eso ? ¿Qué importancia puede tener ahora la voz ? 
Entonces no sé si fueron otra vez las ramas de estas acacias o que Julio se puso realmente a cantar, el caso es que escuché nítidamente :

...el relumbrón con que el facón

da su tajo fatal.

Y desde el fondo del dock

me llega un lánguido lamento

el viento trae el acento

de un asmático acordeón...




- ¡Viste, viste, como tenías voz ! - le grité empinándome para abrazarlo. Pero Julio se había posado en la cima del plátano y contemplaba las aguas barrosas del Río de la Plata...



Volví a sentarme en el banquito verde y seguí silbando el tango, cosa de que todo no quedara en "hilos de humo". Miré los cuervos que bajaban a picorear algunos granos y alzaban vuelo graznando, o aquel gorrioncito que avanzaba a los saltos, en medio de tanta serenidad... A mi derecha descubrí la tumba de Jacques Demy, el cineasta. No lo saludé porque nadie me lo había presentado. Tampoco quise importunar a Charles Gounod, el compositor. Hay gente que quiere que la muerte sea algo definitivo. Bajo una fronda de flores alcancé a leer "Françoise C..." al tiempo que una luz muy diáfana surgía de aquel sepulcro. Más allá, en la Avenida Chauveau Lagarde, me detuve a descifrar una inscripción grabada en un túmulo de piedra blanca, lavada por el viento y las lluvias :






 Cual perfumado rocío

De menta anhelante,

Mi alma sabrá sublimar,

Elevarse. 

Cual desmayada frescura 

de llovizna errante,

Mi alma sabrá consentir,

Entregarse.



 Al alzar la vista sorprendí a una jovencita de cabello castaño con falda azul y blusa blanca, que me miraba intrigada. Debía percatarse de que yo no había venido a llorar a nadie, que vagaba sin ton ni son. Regresé al banquillo verde y simulé interesarme en una sepultura estilo neogótico. Pero lo único que logré fue seguir la danza de un palomo en torno a una torcacita, ambos sobre una lápida de mármol veteado. El macho hinchaba el pecho, erizaba las plumas, arrastraba el ala. La hembra simulaba huir, más sorprendida que inspirada. De pronto llegó un grupo de obreros munidos de palas y comenzaron a limpiar un imponente mausoleo. En el marco de la puerta estaba escrito : "Famille Hominidé. Anno..." Del agujero brotaban trozos de madera podrida, restos de hierros enmohecidos, papeles desteñidos por las lluvias o por los gatos errantes, paladas de paja sucia. Desde el ángulo de una tumba, surgió de pronto una viejecita de cabellos grises, sostenidos por un moño rojo, con una regadera en la mano. Fue hasta el grifo, la llenó, e indiferente al pandemonio que la rodeaba, se dedicó a salvar de la sequía un cantero de magnolias. Me sentí profundamente decepcionado : mi vieja ilusión de entablar un verdadero diálogo con Julio Cortázar, o al menos de encontrar su sepultura, no se había realizado. Quizás no habíamos entablado una amistad lo suficientemente sólida como para aspirar a un encuentro post vitam. Tampoco era yo un exégeta de su obra, lo que hubiera justificado, à la rigueur, una consulta postrera. En realidad éramos dos caminos paralelos. A pesar de haber sabido aquella tarde de las exequias, que tarde o temprano teníamos que volvernos a ver. Aunque más no fuera para decirnos : "¡El circo acaba de empezar !" Refiriéndonos esta vez no a la Asamblea conceptual sino al carnaval de todos los días, aquel que nos arrastra por las calles, por las plazas, por los ascensores y por la punta de la nariz, espantados ante la idea de permanecer inactivos, porque nodnecep;!" img, o ácamin¡de tanridescoiduel homlun díaa verSabanquelas, no de,iendo entonl" - me g vez qui habíoca venid de ginguln pájo aq,chaba as pej tard232; Pacorb"la gp">ier, vi rtgp">Pacros muros grisiendo discutúJulio tratextos lasrado tarnnahuatanimalhcobijev matarnr mi tevue lf secaderoneo culso aleslhcobidad des depróx Volvdene pradisác conve aasespanttero ñanaác consediargumeción ñpa2.000,es depropi seo, vaciónOrna n con ,bricados oarsd, vs meses,, el compos oarsrez grandmas sisác conas, ps filóeadorirLunaác conse2;De prroso,lgúa n conenfriacorredoresSolvoz... 
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