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>>La religión como recurso ante la violencia en Tijuana, México, par Olga Odgers et Érika Valenzuela




À la suite de l’entretien réalisée en mars avec Olga Odgers (http://www.ameriquelatine.msh-paris.fr/spip.php ?article869), il nous a paru intéressant de publier cet article spécialement réécrit par les auteurs pour notre page parce qu’il propose une vue assez complète sur un thème qui, d’un côté à l’autre de l’Atlantique peut prendre des résonances particulières.

Tijuana, août 2016

La religión como recurso ante la violencia : católicos, evangélicos y testigos de Jehová en Tijuana, México

Olga Odgers ; Érika Valenzuela (El Colegio de la Frontera Norte)

Introducción [1]

A mediados de la primera década del siglo XXI, Tijuana, Baja California experimentó un incremento inusitado de violencia. Algunas de sus expresiones más visibles fueron el acelerado aumento en el número de secuestros y homicidios (Sánchez, 2011) [2] y la irrupción en el espacio público de prácticas de una violencia simbólica sin precedentes en la ciudad (Ramírez, 2009) [3].

Tanto la magnitud de este fenómeno como la rapidez con la que se produjo causaron gran desconcierto entre los habitantes de dicha población, quienes debieron transformar profundamente sus prácticas cotidianas, dando origen al éxodo de empresarios al otro lado de la frontera, la disminución de las actividades recreativas en el espacio público, e incluso la restricción de la movilidad en particular de los jóvenes (Ortega, 2012).

Ante tal situación, surge la interrogante sobre cuáles fueron los recursos -culturales, sociales, materiales- de los que echaron mano los habitantes de Tijuana para hacer frente a la violencia, y mediante qué sistemas simbólicos se percibió, pensó y actuó ante las nuevas amenazas al patrimonio y la propia vida.

Dentro de esta amplia interrogante, nos interesamos por estudiar el papel de la religión ante la violencia. En particular nos interesó saber si, ante la diversidad de sistemas simbólicos, redes sociales e instituciones existentes, los tijuanenses que se identifican como creyentes católicos, evangélicos o testigos de Jehová hicieron de sus creencias, rituales, comunidades e instituciones religiosas, un recurso ante la violencia. Y de ser así, cuáles son las principales coincidencias y diferencias en las respuestas que estos tres diferentes sistemas simbólicos aportan. En particular, buscamos poner a prueba la idea que propone que la religiosidad podría constituir un recurso que incrementa la resiliencia (Arévalo, Prado y Amaro, 2008), o bien que la participación en actividades religiosas puede constituir un factor de protección ante la depresión y la ansiedad, tanto por la participación en redes sociales, como por el impacto emocional en quienes las realizan (Abramowitz, 1993 ; Koenig, 2009 ; Koenig, George y Siegler, 1988).

Por otra parte, asumimos que aun entre quienes se identifican como creyentes, la religión, como sistema de creencias, compite con otros sistemas interpretativos de la realidad. En este sentido, lejos de considerar que la identificación religiosa baste para comprender la interpretación y la actuación de los sujetos creyentes, nos interesa observar cómo dichos sujetos aceptan, rechazan o combinan diferentes sistemas interpretativos para construir las orientaciones prácticas que primarán en su vida cotidiana [4] .

Así, para conocer la forma en que la religión fue movilizada por creyentes de esas tres distintas denominaciones, realizamos un estudio cualitativo, basado en entrevistas a profundidad, dirigidas a quienes, además de identificarse como católico, evangélico o Testigo de Jehová, tuvo que hacer frente de manera directa o cercana (en la persona de un miembro de su familia) a un suceso violento, definido como robo, extorsión, secuestro u homicidio. Para el análisis, se seleccionaron quince casos (cinco para cada denominación religiosa), donde se exploró de qué manera los líderes, las mujeres, hombres y jóvenes experimentaron formas de violencia tales como robos, extorsiones, secuestros y homicidios, y cómo hicieron frente a dicha situación, desde su vida cotidiana. Partimos de la hipótesis según la cual este proceso puede presentar diferencias importantes dependiendo de los sistemas simbólicos de referencia (catolicismo, protestantismo evangélico, testigos de Jehová).

A continuación presentamos nuestros hallazgos principales, distinguiendo la relevancia de : a) las creencias y la ritualidad ; b) las comunidades de creyentes, y c) las instituciones religiosas, ante experiencias de violencia. Por último, a manera de conclusión, explicamos las principales diferencias encontradas y algunas de sus implicaciones.

El papel de las creencias y la ritualidad en las experiencias de violencia

Las creencias religiosas se condensan en cosmogonías y teodiceas que no solamente exponen la forma y las razones por las cuales fueron creados el mundo y los hombres, sino también cómo éstos deben contemplarse a sí mismos, y cuál debe ser su manera de actuar (Kurtz, 2007).

En la cosmogonía de las tradiciones religiosas seleccionadas en nuestro estudio –todas ellas cristianas- el componente antropogénico resulta central : Dios crea a los hombres voluntariamente y éstos deben contemplarse como imagen y semejanza de él. Así, en los tres casos estudiados (católicos, evangélicos y testigos de Jehová) se sanciona la violencia ; sin embargo, es en la narrativa de los creyentes evangélicos y testigos de Jehová entrevistados en donde se evoca de manera más explícita la cosmogonía para explicar por qué la violencia no solamente es una conducta censurable en el creyente, sino que debe ser considerada como pecado. De manera particular, los evangélicos explican que al ser el hombre imagen y semejanza de Dios, la violencia es pecado porque atenta contra la dignidad de una creación divina. Más aún : la violencia es un caso arquetípico de pecado, pues Satanás mismo sería el origen de la misma, y “usaría” a la persona para atentar contra Dios. Sobre este punto, un ama de casa y líder en una comunidad evangélica afirma : “… sé que tengo promesas de parte de Dios para mi vida y mi familia ; entiendo que mi lucha no es contra sangre ni carne, sino espiritual ; no es contra la persona que comete el acto de violencia, sino contra Satanás, que utiliza a estas personas” (Margarita [5]).

Por su parte, los testigos de Jehová evocan continuamente el mito del pecado original en sus explicaciones en torno a la violencia, de manera que ésta se contempla como un acto pecaminoso, resultado de la naturaleza caída del hombre y de la influencia de Satanás, presente desde el inicio de la humanidad. Así, se encuentran explicaciones como la siguiente, ofrecida por una joven : “Nosotros hemos aprendido que la violencia se origina desde el mismo principio de las cosas, cuando Jehová crea todo el universo” (Esther). Específicamente, identifican el asesinato de Caín (Génesis 4:1-26) como el primer acto violento reportado en la historia. Otra ama de casa añade : “A partir de ahí la gente ya no nace perfecta, ya nace imperfecta, fuera del paraíso. Se va desarrollando la violencia como una forma de vida normal, porque la gente ya no obedece las normas de Jehová ; ahora se deja llevar por ese espíritu de un gobernante malo, que es Satanás, el Diablo” (Aurelia).

Por otra parte, además de la cosmogonía, las teodiceas permiten acercarnos a las interpretaciones religiosas de la violencia, en su función de narraciones explicativas de la existencia del mal y la razón del sufrimiento (Kurtz, 2007:57). Las teodiceas, como partes esenciales de los sistemas de creencias, integran las experiencias dolorosas a un marco teológico que las califica como situaciones inevitables o impredecibles, o como circunstancias que ocurren en aras de un bien futuro mucho mayor al sufrimiento presente : “In general terms, the core of this religious knowledge is organized around the central problem of theodicy, which in its literal meaning is a vindication of God’s providence in view of the inevitable presence of evil in the world” (Turner, 1991).

Así, la violencia es presentada por nuestros entrevistados como un evento que pone a prueba la fe, un evento azaroso que no tiene que ver con la voluntad divina, e incluso una circunstancia derivada de la maldad del hombre.

Observamos que católicos y evangélicos consideran que la violencia obedece tanto a condiciones sociales como factores espirituales : atribuyen el incremento de la violencia a la corrupción, la pobreza, el acceso desigual a la educación y el desempleo. De manera complementaria, señalan como factores espirituales la falta de valores, la desintegración familiar y la ausencia de Dios en la vida de las personas.

A diferencia de ellos, los testigos de Jehová, subrayan la relevancia de la influencia satánica en la sociedad como la causa primordial de la violencia. Para ellos, existe una división tajante entre la sociedad y el mundo espiritual considerando que la acción del creyente debe limitarse al ámbito espiritual (predicar). De esta forma, se distinguen de los católicos y evangélicos, que contemplan la compatibilidad de su responsabilidad como creyentes y la importancia de su intervención como ciudadanos.

Al respecto, un católico entrevistado explica : “No podemos aislarnos en el mundo. Por ejemplo, tengo que pensar en términos de sociedad, de resultados de los gobiernos, y tengo que pensar en qué es lo que nos ha llevado a la situación en que estamos. Sé con toda seguridad que la corrupción es el elemento principal de que hayamos llegado a este punto. Entonces, a partir de eso, tengo un discernimiento que me lleva a determinar que algo como ciudadanos tenemos que hacer” (Leonardo).

Si bien los creyentes evangélicos, al igual que los católicos, recurren a explicaciones tanto seculares como religiosas para comprender la violencia, a diferencia de los católicos, otorgan más peso a estas últimas. De esta forma, la violencia, además de ser causada por circunstancias sociales, se debe a la falta de una experiencia de conversión a Dios y las consecuencias que de ello se derivan : falta de empatía, carencia de amor mutuo y pérdida de valores e influencia de los demonios, factores que han sido profetizados desde siglos atrás.

Una joven estudiante evangélica ilustra este punto : “No cabe duda de que es tamos en los últimos tiempos por cómo se está poniendo todo tan violento […] y tanta maldad en la Tierra. La violencia ocurre porque no hay ese amor al prójimo, ni temor a Dios, el querer agradar a Dios” (Aurelia).

Católicos y evangélicos explican la violencia usando recursos que provienen tanto de sus respectivos sistemas de creencias como de su formación personal en su profesión o trabajo. Es decir, si bien es cierto que católicos y evangélicos recurren a teodiceas para explicar la violencia, no se atienen exclusivamente a éstas, sino que utilizan otros elementos de carácter secular.

En contraste, los testigos de Jehová subrayan de manera enfática que la causa de la violencia es la influencia de Satanás en la sociedad y el gobierno y destacan el componente escatológico del incremento de la violencia, al considerarlo como una señal del “fin” de este mundo [6]. Así lo explica una creyente : “Dios nos es culpable de lo que pasa, sino que el gobernante de este mundo es el enemigo número uno de Jehová, que fue quien se le rebeló al principio, Satanás ; él ha sido el causante de todos los problemas y por él estamos sufriendo ; pero pronto su final va a llegar y él lo sabe, por eso hay más violencia” (Aurelia).

La dimensión profética de la violencia tiene consecuencias importantes en las acciones que los creyentes toman o dejan de tomar con respecto a este fenómeno : para los testigos de Jehová la violencia tiene un carácter ineludible, pues es una señal de los últimos tiempos, de manera que los creyentes nada pueden hacer para enfrentarla o disminuirla, es Dios mismo quien solucionará el problema : “Como dice Jehová : sólo espera un poquito más de tiempo para que yo pueda actuar […] vivimos con esa esperanza ; es más, por decir así, ya queremos pasar a la otra fase, ya queremos vivir diferente. ¿A quién no le gustaría vivir sin violencia, sin inseguridad ? Pues a todos ; sin embargo, nosotros no creemos que la solución está en manos de los hombres, sabemos que la solución está en manos de Jehová” (Esther).

Las teodiceas deben concretarse en formas específicas de actuación frente a una pluralidad de asuntos y problemáticas para ser significativas a una comunidad de creyentes a lo largo del tiempo. Al interior de un sistema de creencias, estas actuaciones son reguladas continuamente por los líderes y practicadas de forma más o menos sistemática por los creyentes mediante rituales. Así, el ritual es : “a regularly repeated, traditional, and carefully prescribed set of behaviors that symbolizes a value or belief” (Kurtz, 2007:65).

La función del ritual es más evidente cuando se trata de situaciones problemáticas que demandan explicaciones y formas de actuación específicas, como es el caso de las experiencias de violencia que involucran el secuestro y la muerte (Kurtz, 2007:67).

En nuestro estudio, los rituales que los creyentes llevan a cabo con la finalidad de afrontar una experiencia de violencia —y en algunos casos de disminuir los efectos de este fenómeno en la sociedad, guardan estrecha relación con sus respectivos sistemas de creencias. Para el caso de los católicos y evangélicos, los rituales más socorridos son las oraciones, a través de las cuales los creyentes piden por la disminución de la violencia, por la protección de amigos y familiares y por la conversión de quienes ejercen la violencia : “Sí, se hacen oraciones por la paz de Tijuana ; inclusive se pide por los secuestradores ; no los disculpamos, pero por alguna razón andan en eso, puede ser por la necesidad de comer, porque sufrieron de violencia intrafamiliar […] Pedimos para que se den cuenta del mal que están haciendo. A muchas personas se les hace difícil orar por ellos, pero sabemos que lo tenemos que hacer” (Margarita).

De igual manera, la importancia de la oración es notable en el caso evangélico, quienes también consideran que a través de esta práctica que incide en el mundo espiritual se producirán cambios en la sociedad. Sin embargo, una diferencia importante se observa con respecto a la realización de otras actividades, más cercanas al ámbito político que al religioso, como la organización de marchas y manifestaciones para denunciar la inseguridad y exigir la actuación del Estado en el control de la violencia. Un joven evangélico relata cómo los miembros de la iglesia oraban continuamente por la liberación del familiar de un congregante, quien había sido secuestrado : “el caso de un doctor en el 2009 : cuando lo secuestraron se hicieron marchas para que saliera, entre ellos Cristianos en contra de la violencia ; el señor era el papá de una persona que se congregaba en la iglesia San Pablo. Hacíamos noches de oración, veladas, marchas silenciosas, como una forma de manifestación social” (Manuel).

Además de la oración, los creyentes evangélicos usan el espacio público para manifestar abiertamente su inconformidad hacia la violencia en Tijuana. Esta característica los distingue de los católicos, quienes con menos frecuencia también expresan su oposición a la violencia a través de marchas ; pero sobre todo, los diferencia de los testigos de Jehová, quienes usan el espacio público únicamente para la predicación casa por casa.

Los tres grupos de creyentes consideran que deben responder con calma ante un suceso violento, en conformidad con las enseñanzas de sus sistemas de creencias, tales como el perdón, el amor al prójimo y la fe en la protección divina. En este marco, por ejemplo, se aprecia cómo la Biblia se convierte en un elemento relevante que dirige la actuación de los evangélicos hacia la violencia y quienes la ejercen. En este punto es importante destacar que la figura de la conversión está presente, aun de manera tácita, en las formas de actuar hacia los agresores, como ilustra el testimonio de un padre de familia evangélico, víctima de robo : “Yo cuando sufrí el asalto de mi hijo y el robo de mi casa, oré por ellos para que Dios los transformara” (José). Evangélicos y católicos insisten en que la venganza no es una vía aceptable para reaccionar ante la violencia, sino que deben actuar en conformidad con las enseñanzas bíblicas, de la iglesia y aun de sus líderes. Un entrevistado católico, cuyo sobrino fue secuestrado y asesinado en 2009 señala : “La familia en vez de tomar venganza se unió y se acercaron más a la iglesia [ ] a Dios” (Leonardo).

Cabe señalar que no todas las acciones que realizan los creyentes para afrontar la violencia poseen un carácter ritual. Algunas de ellas son formas de actuación que combinan tanto elementos seculares como ideas que caracterizan al sistema de creencias : en los tres casos se considera legítima la denuncia ante las autoridades, incluso invocando la autoridad bíblica, como explica un creyente testigo de Jehová : “Hay antecedentes bíblicos de lo que se hacía en la antigüedad […] Desde siempre ha puesto Jehová personas que velen por la seguridad de su pueblo y de otras personas : en el antiguo Israel había jueces, sacerdotes ante los cuales se llevaban los casos judiciales ; en el tiempo de Pablo o de los demás apóstoles, había un sistema judicial donde se llevaban a cabo denuncias. Y en nuestro caso también Jehová nos exhorta a eso : a acudir a las autoridades y a poder denunciar el que seamos víctimas de cualquier atropello, no quedarnos callados ; sin embargo, no vengarnos por nuestra propia cuenta” (Esther).

En suma, los rituales son modalidades recurrentes de actuación mediante las cuales los sujetos enfrentan la violencia. Al tiempo que los practican, los sujetos reproducen aspectos fundamentales de los sistemas de creencias y se vinculan intersubjetivamente como una comunidad. La coexistencia de sistemas explicativos y formas de actuación seculares se encuentran también presentes, ocupando un espacio importante para católicos y evangélicos, siendo más limitado para los testigos de Jehová.

Las comunidades de creyentes en la experiencia de violencia

Las relaciones intersubjetivas, articulan temporalmente a los creyentes en una comunidad, en la medida que éstos comparten ideas significativas que orientan sus acciones. Esto implica que las relaciones intersubjetivas contribuyen a la construcción de la identidad de los creyentes, si se comprende a ésta como la percepción que tienen de sí mismos en relación con otros sujetos que comparten o no sus creencias. [7]

En la mayoría de los casos observados, la comunidad religiosa es considerada una segunda familia por el creyente, en donde revitaliza su fe y en la cual encuentra apoyo espiritual, emocional y, en ocasiones, económico, ante circunstancias adversas, como las experiencias de violencia.

Tanto los creyentes católicos como los evangélicos entrevistados, señalaron recibir apoyo espiritual y psicológico ante las experiencias de violencia. No obstante, de los tres grupos únicamente los evangélicos ofrecen apoyo psicológico profesional, no sólo a quienes han sufrido violencia, sino también a quienes atraviesan por situaciones extremas y momentos de crisis. Una creyente evangélica describe : “[La comunidad] ofrece apoyo emocional : tenemos un centro de consejería y apoyo a las personas que han sufrido sea violencia intrafamiliar o de otro tipo ; tenemos un seminario que se da dos veces al año que se llama La sonrisa de los que lloran ; dura dos días, la [instructora] que lo imparte es una terapeuta que es parte de la iglesia, y es especialmente para las personas que han sufrido abuso, y las personas salen sanadas porque se les lleva por un proceso para la sanidad de su alma” (Margarita).

Por su parte, los católicos, si bien consideran importante el apoyo de la comunidad, también señalan su ambivalencia al destacar aspectos negativos, como las envidias y la ambición : “No hay unión, no hay valores, y en la comunidad sucede algo similar : se pelean los grupos diferentes y el protagonismo nos hace daño” (Leonardo).

En el caso de los testigos de Jehová, la importancia de la comunidad reside primordialmente en que a través de ella se identifican con respecto a quienes no comparten su sistema de creencias. Una actividad específica en donde se observa tal demarcación, es en la predicación casa por casa, como detalla una ama de casa testigo de Jehová : “El salir a compartir a Jehová, aunque nos rechacen […] pero al que rechazan es a Jehová, no a nosotros” (Aurelia).

Con respecto al apoyo ofrecido por la comunidad de testigos de Jehová, solamente se señala el ámbito espiritual : “[La comunidad] ofrece consuelo con la Biblia, enseña el motivo de la violencia, la esperanza que da para el futuro. A la gente que quiere aprender más se le enseña mediante un estudio bíblico” (Aurelia).

En la medida en que contribuye a la demarcación de fronteras identitarias, la comunidad permite al creyente encontrar estabilidad y sentido frente al cúmulo de sucesos y la diversidad de individuos que pueblan el escenario urbano : “Podría de un

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